domingo, 31 de diciembre de 2017

ERRADICAR EL FRANQUISMO

Los periodos de la vida, que historia son, se pueden releer, tratar, exaltar o minimizar. Pero nunca se pueden borrar. Los 39 años de franquismo que España gozó para unos y sufrió para otros ocupan otros tantos de biografía para los más veteranos del lugar y en todo caso su herencia forma parte, guste o no, de nuestra propia personalidad individual y colectiva. Y de nuestra edad, sea la que sea. Las naciones nunca parten de la nada. Esto vale para nuestra Patria, pero también para pueblos y tierras que, como la antigua Unión Soviética, se sitúan, teóricamente, en las antípodas de esos 39 años ampliables cuantos queramos hasta nuestros días.
El franquismo, como corresponde al régimen político y al estilo social que precedió a los actuales, no se puede erradicar. Conviene, desde luego, conocerlo cada día mejor, y honrar a quienes antaño no tuvieron de los vencedores en la terrible guerra que dio lugar a ese tiempo los honores merecidos. Pero nada más. Suprimir por ley (de Memoria Histórica) o por el simple deseo de quienes se consideran albaceas de los vencidos toda una etapa de nuestro pasado que tanto ha influido en nuestro presente es, llanamente, un acto de lesa verdad. Y este tipo de traiciones a la realidad acaban siendo siempre justicieros.
Treinta y nueve años son toda una vida. De aquel lapso forman parte generaciones de españoles que jugaron en las calles, aprendieron en las escuelas y universidades, trabajaron en fábricas y oficinas, se enamoraron y se casaron, soñaron con formar familia y a menudo la tuvieron numerosa, y en todo momento lucharon por desterrar de sus mentes la más atroz peripecia de odios cainitas que se pueda imaginar. Cierto día, muchos años después, Franco le confió a su primo y secretario que “una guerra civil es lo peor que le puede suceder a un país”. En pleno despertar de las libertades que le siguieron, el editor de Diario 16 —nada sospechoso de continuista— encomendó al grupo musical onubense Jarcha una especie de himno a los aires nuevos. Hoy, “Libertad sin ira” rechina. Y no precisamente por su talante “revolucionario”: “Pero yo sólo he visto gente muy obediente hasta en la cama. Gente que sólo quiere su pan, su hembra y la fiesta en paz.” Y alargaba el solista la “aaaaz”. Hoy sería casi motivo de procesamiento por machismo. Pero entonces respondía a lo que el pueblo español ansiaba: libertad en paz.
Recién acabada la guerra, el orden era el inverso, como es natural: paz y libertad. Conforme se fue consolidando la paz se fue olvidando la libertad, que en los años republicanos había sido sistemáticamente utilizada para destruir a la primera. Lo cierto es que el denostado —y prohibido— franquismo arrancó de una crudelísima guerra civil y agonizó en brazos de un país pacificado. Esto, evidentemente, algunos nunca se lo perdonarán.
Treinta y nueve años, amén de ser una vida, dan para mucho, bueno, malo y regular. Lo importante es qué dejan para la posteridad. Que 42 años después sigamos ajustando cuentas de entonces es muy significativo de hasta qué punto lo que importa no es el franquismo, superarlo con altura de miras y afán constructivo, sino disimular el gran fracaso histórico mundial de la izquierda revolucionaria que es la que sigue, dos generaciones más tarde, rompiendo la unidad nacional que forjó el espíritu de los Reyes Católicos, tan lejos y tan cerca de nuestra actualidad. Aquella “Unión de Reinos” que, por primera vez en nuestra historia, anteponía la comunidad de intereses en el bien común a cualquier otra consideración, es lo que sigue estando en el punto de mira de los uniformadores de opinión pública. No el franquismo.
Recomiendo a quienes no se casan con nadie la lectura de los libros del eximio historiador Luis Suárez sobre los Reyes Católicos y sobre Franco. Son difícilmente emulables en cuanto a documentación y conocimiento de la materia. Los seis tomos en torno al Caudillo se acercan a las cinco mil páginas, con unas sabrosas notas que a menudo no tienen desperdicio. Suárez fue represaliado por el Gobierno de Zapatero, de cuya financiación dependen las academias, por escribir en la obra sobre personajes contemporáneos que preparaba la de San Fernando que el régimen de Franco empezó siendo una dictadura personal pero evolucionó (adecuadamente) hasta convertirse en un sistema autoritario.
Acaba de expirar Carmen Franco Polo, la única hija del que fuera Jefe del Estado durante casi cuatro décadas. Vuelvo a las sugerencias: lean un reportaje de Nieves Herrero en El Mundo y una carta de Francisco Franco  Martínez-Bordiú (hijo de la finada) en el ABC. Ahí es donde está la verdad histórica, no en el sectarismo vengativo de ningún mindundi.

Por cierto, que de no ser porque tenemos un gran Rey —la fortuna no siempre iba a sernos adversa— con el arrojo necesario para intervenir cuando ha sido ineludible, seguimos siendo ciudadanos de España. Porque si en vez del Borbón repuesto en el trono por el Generalísimo tuviéramos hoy un presidente de la República otra vez (un Rajoy, verbi gracia)… prefiero no pensarlo.

3 comentarios:

  1. Hay que sentirse verdaderamente libre e independiente frente a los dictados de la moda de lo políticamente correcto y, frente al mandarinato cultural de la izquierda más sectaria y, por supuesto, carecer de los complejos intelectuales y morales de gran parte de la derecha y centro democráticos, para atreverse a decir en voz alta lo que nos dice el articulista. Valor no le falta.

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  2. "La verdad ni teme ni ofende." (Lema o consigna de Prensa y Propaganda)

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