miércoles, 27 de septiembre de 2017

FEN SEPARATISTA

Esto de Cataluña es como las mareas. Si van ustedes a Isla Cristina, donde por cierto estaba Queipo de Llano el 17 de julio de 1936 para entregar una bandera a la guarnición de Carabineros de los que él era inspector general, no se pierdan un paseo en barco por la Ría del Carreras. Si lo hacen, el patrón detendrá unos instantes el motor en un espacio de marisma, donde se cultiva la almeja y se puede ver la compuerta que levantaron catalanes y valencianos hace ya siglo y medio para recolectar la sal con la que preparar el pescado en conserva. Como es sabido, la sal —de ahí “salario”— es el origen de las retribuciones, es decir, de la supervivencia, en todo el Orbe desde siempre. Así nació “La higuerita”, porque junto al pescado y la sal en aquel punto de la costa al que arribaron los nuevos fenicios se encontraba agua dulce, pozo señalado por una gran higuera. Aquellos levantinos inversores, inquietos, emprendedores, emigraron desde su tierra a la andaluza, donde se establecieron y triunfaron, animados por un cura, el padre Mirabent, que fundó las primeras industrias salazoneras y que tiene un monumento junto a la nueva iglesia del pueblo (la parroquia primitiva fue incendiada en el 36 por las otras turbas y su solar es hoy la plaza donde radica el epicentro de la vida local, durante cuarenta años llamada del General Franco y hoy de las Flores). Echemos un vistazo al nomenclátor isleño: Catalanes, Serafín Romeu Portas, Matías Cabot, Diego Pérez Pascual, Diego Pérez Milá, Padre Mirabent, Arnau, Sitges, Ramón Noya, Antonio Garely, Isabel Pérez Siles… Jordi Pujol, cuando todavía parecía un hombre medianamente honrado, visitó estos contornos y dijo algo así como que el triángulo Lepe-Cartaya-Isla Cristina podía ser el emporio de Andalucía. Y de hecho, la lonja de Isla es la primera de la región y la segunda de España, con 16.000 toneladas de pescado y marisco desembarcadas cada año.
Volviendo a las mareas, ese rincón de la ría donde reina un silencio absoluto, tal vez sólo “roto” por las aves que allí anidan y escarban en el limo, ofrece dos paisajes distintos, según lo veamos en bajamar o en pleamar. Es lo que vieron los catalanes y valencianos para quedarse y levantar en aquellas riberas sus casas y astilleros. La sal aparece cuando el mar evacúa por esa estrecha puerta que ellos edificaron. Y con la sal, la prosperidad.
España aflora también cada vez que las circunstancias que la ocultaban bajan su nivel secuestrador de la libertad. En tanto dura la pleamar, la sal no existe. O al menos no se ve. El fruto de los océanos mineralizados, ese manto blanco que combate la mala nieve cuando hace falta, el que da sabor a la comida y a la vida misma, el que hace a los cristianos estímulo del mundo, el que sirve para curar el jamón o para condimentar la mojama, el que ha dado de comer a mil generaciones del interior peninsular durante el invierno cuando no había congeladores para el bacalao, es lo que queda cuando las aguas vuelven a su madre.
El primer artículo que me publicó la Prensa —diario Suroeste, 1976— era una metáfora que utilizaba las primeras lluvias tras la sequía estival, y se titulaba “Cuando algo llueve”. Hablaba de la libertad y de su abuso (“Cuando algo llueve, a nadie satisface y a todos anega”, empezaba). Cataluña ha gozado desde 1978 de una libertad sólo comparable con el trato de favor que le procuró Francisco Franco. Ya he escrito mucho sobre el término “nacionalidades” y el miedo que recorría algunas páginas de la Carta Magna, propuesta por unas Cortes no constituyentes. Los españoles elegimos un Gobierno para cuatro años, no una comisión que elaborase un texto cenital para cincuenta. No voy a volver sobre ello. Ahí está la postura de ETA —la actual— para explicar y probar muchas cosas que he afirmado.
Sí quiero identificar esa pleamar que ahoga a España con la dejación de funciones de los partidos —todos— responsables de la Gobernación del Estado durante estos largos años. Llevamos —parece mentira que haya que volver sobre ello— todo este tiempo cediéndoles la educación de los nuevos catalanes, sin que la Alta Inspección Educativa, figura contemplada en la misma Constitución, haya sido capaz de corregir las desviaciones que el primer día de clase ya estaban presentes en las cabecitas de quienes hoy empujan desde todos los confines del condado aragonés para desgajarse de España.
Ha sido la educación, obviamente. La economía también, pero eso después. La formación del espíritu nacional catalán, que viene de antiguo, ha excluido, igualmente desde la noche de los tiempos democráticos, cualquier vestigio de españolidad en la sociedad juvenil catalana, como ha sucedido en la vasca y está a punto de dar la cara en la valenciana y en la gallega. Pero es que incluso en la mía, en la andaluza, que desde el 28 de febrero de 1980 confundió de manera mostrenca pero eficaz la victoria de unos partidos sobre otros con el Día de Andalucía, la Administración socialista, la misma que puso “España” en el escudo y en el himno donde Blas Infante había puesto “Iberia”, ha mantenido, curso tras curso, enhiesta la bandera blanca y verde, inculcando en los niños el amor a una Andalucía libre mientras España brillaba por su ausencia en las actividades escolares. En todo caso se hablaba algunos minutos de la Constitución; es decir, del islote, no de la tierra firme que hay debajo de las aguas.
Recuerdo bien el disgusto de aquella mañana en que me dio por curiosear en un libro de texto de mi hija, que estudiaba entonces Primaria (menos de doce años). Me puse a recorrer un mapa de España y a leer algunos rótulos. Algo me maliciaba. Y en efecto, allí estaban las “Ils Balears, Alacant, Lleida, Girona, Gipuzkoa, Bizkaia, Ourense…” ¿Para qué seguir? Una niña andaluza de pocos años estaba ya aprendiendo que el castellano no era su idioma oficial, y, el corolario inevitable: que quienes hablaban así tenían derecho a sentirse nacionales de su lengua materna, actuando en consecuencia al margen de los demás españoles. Insisto: Junta de Andalucía, Consejería de Educación, libro oficial de texto. Y hace ya, al menos, siete años.

No podemos extrañarnos de nada. Mientras el resto de España se dedicaba a cargarse la clase media (su mentalidad y su bolsillo), en Cataluña la clase media se dedicaba a cargarse España. En este momento, todo el mundo se pregunta, temblando, por el futuro, por el nuestro. Lamento creer que las cartas están dadas desde que alguien que acaba de proclamarse tan preocupado por lo que ocurre en Cataluña que “es lo que más me ha preocupado en los últimos cuarenta años” decidió que la izquierda española debía anteponer la democracia de barrio a la soberanía nacional.

1 comentario:

  1. Cuanta razón tiene el articulista. Y la cosa es que esto se veía venir y algunos lo denunciaban, pero desde los "altos" interesas partidistas se hacían oídos sordos. No cabe duda que en todo esto hay un pecado original, un error de diseño en la arquitectura constitucional --Título VIII-- y sistema electoral, que se ha ido agravando con la práctica de los pactos de gobernabilidad con las minorías nacionalistas, donde se hicieron concesiones de competencias que nunca debieron salir del poder central. Es alarmante a los extremos de manipulación política e ideológica a que se está llegando con los menores en estos aciagos días en los colegios catalanes, sin que la Alta Inspección del Estado esté actuando. Pero hasta llegar aquí, la lenta labor de ingeniería social ya ha hecho estragos. Puede advertirse en los comportamientos y formas de pensar de las masas de activistas radicales secesionistas. Pues bien, todo empieza por pequeños errores de principio como los que señala el señor Pérez Guerra en los textos de educación primaria.
    Esta responsabilidad no sólo alcanza a nuestros dirigentes políticos, también la ciudadanía española en general debe reflexionar a la vista de los acontecimientos cuales han sido sus errores de acción u omisión. Los pueblos también se equivocan. El ejercicio de la libertad democrática no está exenta de riesgos.

    ResponderEliminar