viernes, 6 de abril de 2018

LA HORA VOX

La atroz tesitura actual de la política española podría llevarnos a múltiples consideraciones, según el corte de la realidad que eligiéramos. Pero todo es inútil si no miramos al futuro. Cada vez está más claro el fracaso de la partitocracia, un plato que si alguna vez ofreció aroma apetitoso, eso fue hace tanto tiempo que ya sólo provoca náuseas. Los esfuerzos desesperados de la izquierda, con la anuencia de la derecha, por tapar el mal olor actual con la relectura beligerante del pasado, hasta el extremo de castigar económicamente a quien ose destacar las bondades de una época con sus luces y sus sombras, como todas, revela, de una forma descarada y descarnada, la insuficiencia letal de un discurso agotado, incapaz de proponer nada para reconstruir un país devastado por las corrupciones.
Es, pues, la hora de una alternativa nueva, bien imbuida de valores claramente manifestados, algunos arrinconados en el desván de la Historia y otros proclamados a diario y sistemáticamente burlados por los profesionales del engaño. Es la hora VOX. Hay que recordar —y mucho, porque la amnesia colectiva es un atributo muy español— que esta formación política, sustentada en la figura icónica de José Antonio Ortega Lara (532 días, uno detrás de otro, en un “zulo” etarra, aclaro para jóvenes recién llegados y maduros olvidadizos) y en el tesón valiente de Santiago Abascal (diputado del PP en las Vascongadas cuando eso equivalía a un salvoconducto hacia la tumba) se ha mantenido, en la más cruda soledad, al pie del cañón de la acusación popular contra el secesionismo catalán. Y que gracias a esas tres letras el procedimiento para defender a España de los separatistas no ha decaído. Son los abogados de VOX los que han hecho posible que el Estado de Derecho mantenga la compostura frente a sus atacantes, muy especialmente su secretario general, Javier Ortega, que no rehúye si hace falta el debate a cara descubierta con los acosadores en la televisión oficial catalana, insólitamente tolerada por el Gobierno del 155.
La perseverancia en el empleo de la Ley para instar a la persecución judicial del delito sedicioso es un servicio a varias generaciones de españoles que debería recibir en próximos comicios el premio electoral merecido. Ignoro si será así. Todo tiene un final, hasta la indiferencia de un pueblo frente a la lenidad de sus autoridades y a la bastardía de sus lobos. Confío en que la gente recapacite y comprenda, entre otras cosas, que es preciso elegir, ya, entre autonomías y pensiones, que nada de lo que está pasando con una región española hubiera sido posible sin la presencia absurda e insostenible de diecisiete parlamentos regionales; que no debe pasar ni un día más sin que una gran nación histórica como ha sido la española se plantée qué debe hacer para evitar que el precio de la libertad de una mujer sea acabar con la vida de su hijo; que las parejas del mismo sexo tengan su reconocimiento legal sin que haya de ser necesariamente el matrimonio —que es otra cosa— y sin que su derecho a ser padres sea algo separado del derecho de los hijos a tener padre y madre; que la enseñanza libre es algo reservado en primer lugar a las familias, de las que el Estado sólo puede ser garante, no suplantador; que la solución a la violencia no está en generar rencor; y que la economía o respira o se muere, porque tampoco existe la economía de Estado.
Son algunas de las cuestiones que no admiten dilación, y que nada, absolutamente nada tienen que ver con el reparto de poder, los pactos de pasillos o la propaganda. La liberación de Ortega Lara, esa hazaña gloriosa de nuestra Guardia Civil, fue seguida del mayor punto de inflexión que una opinión pública hasta entonces notoriamente anestesiada por el miedo, haya experimentado en sus respuestas al terrorismo: el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. Un grito se abrió entonces paso en las plazas de España: “¡Basta ya!”. Este lema, unido en nuestra memoria a mares de manos blancas, despertó una lluvia de conciencias, incluso dentro del mundo etarra, y desde luego modificó la actitud de mandatarios extranjeros, sobre todo franceses, creando las condiciones para terminar con “el santuario”, y de paso con las conexiones de Perpiñán, que recorren como un acuífero el subsuelo de lo que está pasando en Cataluña.
Al sacrificio inimaginable de Ortega Lara debemos en buena parte la extinción de una lacra que nos ha atormentado durante medio siglo. Y a la persistencia cívica de sus compañeros en VOX, así como a la clarividencia de Felipe VI, tendrá que agradecer España, simplemente, seguir existiendo. Porque si fuera por otros…

martes, 27 de marzo de 2018

EL RETIRO FINAL DEL PADRE AYARRA


Aunque vivía en un piso del Cabildo, José Enrique Ayarra trabajaba en un pequeño reducto que la fundación Focus —don Javier Benjumea— le había puesto en el hospital de los Venerables Sacerdotes, como si el destino hubiera querido dar cobijo en la institución fundada por otro canónigo de postín, Justino de Neve, a un ministro de la Iglesia que cuatrocientos años después pondría la mejor música a los lienzos de Murillo encargados por su amigo y confesor. Ayarra era un torrente de energía al hablar. Su voz estaba templada con las notas de los tubos tenores que sobrecogen cuando alzan, emiten y hacen vibrar sus cuerdas vocales bajo las bóvedas nervadas del templo que no tiene igual. Conservo esa voz en una cinta grabada en aquella entreplanta por la que entraba la luz de la calle Jamerdana, donde Blanco White meditó sus rupturas teológicas. Escuchar al padre Ayarra era, por el contrario, aferrarse a las seguridades de aquel músico celestial que aprendió a interpretar oyendo el toque de corneta en su gélido cuartel de Jaca. Pienso ahora que entre una sonora corneta, como la del brigada Rafael, el timbre de Ayarra y la potencia del órgano obediente a sus órdenes no había tanta diferencia.
Se nos ha ido el día de su santo. Recomiendo a los lectores, que presupongo sensibles a las intimidades sevillanas, que peregrinen por las tallas y pinturas de San José que hay repartidas en las iglesias y conventos de Sevilla, al menos en aquellos que no han sido saqueados por los franceses o por la incuria ignorante de ciertos curas. Fíjense, por ejemplo, en la imagen expuesta al culto en el templo dúplice de la hermandad del Silencio. Está nada más cruzar el arco donde se nos recuerda que Mateo Alemán fue hermano mayor de la corporación. San José lleva siempre de la mano a un Niño Jesús que le mira buscando en él la tierra firme. Eso era Ayarra, tomándonos de la mano a los sevillanos con su música para que no perdiéramos el Norte de la fe cierta. Si algo he aprendido en esta vida es que no hay casualidades. San José, Pepe, le diría a su Hijo: “Llama al padre Ayarra, que ya ha hecho mucha misión bautizando con sus conciertos y con sus cultos, para que forme en la legión de los ángeles instrumentistas que nimban el Reino de los Cielos”. Y como regalo de onomástica, Ayarra pudo ver la gloria que sus teclados habían anticipado.
En aquella entrevista de Los Venerables, que se puede buscar en la hemeroteca virtual de ABC, me contaba Ayarra un gesto que me llamó la atención y que ahora cobra, providencialmente, actualidad. Salió de él, ensalzar el mundo de la piedad popular sevillana. Pero cuando abordó la Semana Santa, fue igual de contundente que con las demás cosas serias que salían de su boca. Y es que, llegadas las fechas mayores de la ciudad, Ayarra se retiraba a su hogar, adonde sin duda llegarían los acordes del himno nacional procedentes de la puerta de San Miguel, y allí se pasaba la semana entera meditando, rezando y escuchando La Pasión Según San Mateo. Ayarra ni siquiera bajaba a asomarse por el pasaje de los Seises o a la puerta ojival del antiguo colegio de los canónigos. Se encerraba en aquel hospital de venerables sacerdotes en el que convertía su casa y desde allí se trasladaba al Gólgota jerosimilitano, interrumpiendo su retiro sólo para los oficios catedralicios, que no serían los mismos sin sus arpegios.
José Enrique Ayarra Jarne, sacerdote de Cristo, organista titular de la Catedral de Sevilla durante casi seis décadas, hace este año su retiro de Semana Santa en la Casa del Padre. Su ayudante, el padre de los Sagrados Corazones Carlos Navascués, mi padre Carlos en los Padres Blancos, habrá cogido su bicicleta con temblor en los mismos brazos que pasaban las partituras del maestro. Le he preguntado “¿y ahora qué?” y me ha contestado que el Cabildo decidirá. Creo, sin atribuirme conocimientos de que carezco, que él sería un buen candidato a sucederle, aunque sé, por el mismo Ayarra, que el titular ha de ser canónigo y ocupar la plaza por oposición. Pero, desaparecido físicamente don José Enrique, ¿quién mejor que su pupilo para conservar su espíritu vivo sobre el teclado? Todos nos quedamos como sordos sin la esperanza de volver a reconocer los armónicos truenos del padre Ayarra.

(Publicado en ABC de Sevilla el 27 de marzo de 2018, Martes Santo)


miércoles, 21 de marzo de 2018

CONMOCIONES


"Cuando vemos que Gabriel no vive es el momento más duro de nuestra carrera profesional y el que no lloró allí, lo hizo en otro momento; es que somos humanos."
José Hernández Mosquera, teniente coronel jefe accidental de la Comandancia de la Guardia Civil de Almería

Vaya por delante de este artículo que, tras la metamorfosis censora que está experimentando la sociedad española en el tubo de ensayo de la izquierda, con leyes mordaza en tramitación y un proceso inquisitorial digno de regímenes muy alejados de nuestro entorno (hasta ahora), cuanto escriba desde este momento debe ser interpretado multiplicando por diez su contenido. Las otras nueve partes me las callaré para no poner en bandeja a los enemigos de la libertad mi cabeza y la de mi familia.
Dicho esto, quería referirme hoy a la gran enfermedad que corroe los tuétanos de la Nación española, si es que todavía existe: la hipocresía. Es la peste del siglo XXI en España; también, por supuesto, en Sevilla, desde donde sigo rompiendo a escribir cada vez que logro salir del muermo depresivo en el que me sumerge el paisaje político circundante. Sí, hoy voy a por todas, y para explicarme nada mejor que reproducir íntegro el mensaje recibido y procedente de la entidad local más luchadora en defensa del derecho a la vida (artículo 15 de la Constitución Española) que se ve sistemáticamente vulnerado cada día en las personas de trescientos seres humanos concebidos en España. Lo envió el presidente de la asociación Pro Vida de Mairena del Alcor, que, como digo, es pionera y avanzada siempre en la defensa del no nacido y su madre. Y decía así:

“Hoy martes día 13 de marzo, al tiempo que tenía lugar el funeral por el niño Gabriel, vilmente asesinado por su "madrastra", y a la misma hora, asistíamos absolutamente impotentes al asesinato de Angelito, un niño al que su padre y otros parientes trataron de salvar pero que su "madre", aún después de oir los latidos de su pequeño corazón y de ver su foto e incluso habiéndole proporcionado un trabajo bueno y digno, rechazó tajantemente, con una frialdad que extremece, ejerciendo el "derecho a decidir" sobre la vida de su hijo.
Lo que cuento es real como la vida misma y demuestra la falsedad del "derecho a la igualdad" que impide a un padre hacer nada por su hijo y que condena a un hijo a muerte por la simple voluntad de su madre.
Los políticos se sienten horrorizados con lo sucedido a Gabriel y ven un derecho y logro social el asesinato de Angelito.
La Hipocresía no puede ser más gigantesca.”

Llegado a este punto, y sabedor de que estas líneas nunca llegarán a ser “virales”, podría guardar silencio. Pero no les voy a dar este gusto a los nuevos amos de España. Y voy a comentar algo de lo que se me ocurre (insisto en que, como hacía aquel personaje de “La vida de los otros”, oculto mi máquina de escribir lo que siento bajo el parquet por si aparece la “Stasi”).
Los pueblos pueden derrumbarse de muchas maneras, aunque hay muy pocas para reconstruirlos. Atacar el origen mismo de la vida humana es, sin duda, la mejor baza de la decadencia. El aborto, como más tarde y recientemente otras cruzadas para el desarme moral de los españoles, se planteó al principio como una exigencia democrática, una normalización cuyos efectos inicuos se limitaban a tres supuestos, que nunca se respetaron por cierto, lo mismo que se ignoró y se ignora la sentencia del Tribunal Constitucional.  Aquello lo sacó adelante Felipe, el despenalizador. Era la primera fase. La segunda la puso Zapatero, el implantador. Y, al igual que en esas otras cruzadas, lo que se disfrazó de supresión de barreras discriminatorias, se ha convertido en el fruto podrido de la imposición obligatoria. Y pobre del que sostenga lo contrario.
Es la verdadera faz de los movimientos inspirados en la filosofía de Marx y en la praxis de Lenin. La manera de dar pasos irreversibles es la propia: utilizar los puntos débiles de la burguesía. Poco, a poco, a lo largo de cuarenta años de zapa, han ido laminando a la clase media y su mentalidad para que sea más fácil el asalto final. Y éste se produce ahora, con los vendavales antidemocráticos de “la calle” y “los medios” agitando la propaganda subversiva, igualitaria y arrasadora que barre España. Es fundamental en esta etapa definitiva darle la vuelta a la historia, y para eso están las leyes, ni siquiera modificadas por el PP cuando podía, de lavado de cerebro colectivo, principalmente de las generaciones que no conocieron lo que se pretende transformar “a posteriori”.
Llegados a este punto, se ha conseguido que ocurra, imperceptiblemente, lo que mi amigo Manolo, que se bate el cobre desde Mairena, describía lacónica y dramáticamente en su testimonio sobre “Angelito”: que todo un país se movilice, y hace bien, por el pobre Gabriel y su familia verdadera, mientras que pasan los días y nadie mueve una pestaña por los otros trescientos “gabrielitos” caídos a diario en los abortorios de España. Espero que por señalar lo obvio —que la hipocresía más sangrante ha hecho de España un zombi a la deriva— no me persigan, o al menos que no me caiga una multa gubernativa —¿a qué me recuerda esto?— que le quite a mis hijos el pan de la boca, tras toda una vida de sudores de su madre y de su padre, con sus correspondientes impuestos pagados para que nuestro Congreso dé lecciones de lo que nunca debería sucederle a un país.
Los guardias civiles, que tanto saben de tragar lágrimas a causa de la violencia, nos han vuelto a dar ejemplo de todo a todos. Ellos lamentaban no haber podido salvar a Gabriel. Nosotros deberíamos apretar los dientes por el gran fracaso que representa dejar a sus pequeños compatriotas abandonados en el contenedor de residuos orgánicos.

jueves, 15 de marzo de 2018

LA TESIS DE CARMEN


No hace mucho que escribía aquí acerca de uno de esos discursos domésticos y pasajeros, hechos para disfrutar del paisaje como desde la ventana de un tren lento, que le escuché al catedrático emérito de la Universidad de Sevilla don Enrique Valdivieso acerca de Murillo y su pintura lenitiva para las heridas muy profundas de la ciudad que padeció las gran epidemia de peste de 1649. Hoy vuelvo sobre el profesor Valdivieso, uno de los pocos personajes sólidos en este país nuestro tan aligerado de peso cultural que se está quedando en los huesos de las “postrimerías” plasmadas por Valdés Leal en la iglesia del hospital de la Santa Caridad  por encargo del venerable Miguel Mañara.

Y retorno al experto vallisoletano asentado en la luz de Velázquez y del propio Murillo porque tuve la fortuna —buscada— de asistir a un acto que sólo voces de gran categoría son capaces de convocar. El arte fue, nuevamente, culpable de que el aforo del antiguo salón de plenos de la Diputación hispalense se viera abarrotado de un público variopinto arremolinado en torno al rescate de otro artista poco valorado por las recientes corrientes “entendidas”: José Arpa Perea. De guiar a la autora se ocupó durante años don Enrique y por eso quiso estar presente y realzar su puesta de largo junto al hoy catedrático de Historia del Arte en la Hispalense, José Fernández López. Ambos intervinieron en la cita y ambos escriben en el libro, publicado por la misma Diputación en otra colección, señera, que lleva el sello de “hispalense”: Arte Hispalense.
La tesis doctoral de Carmen Rodríguez Serrano ocupa unos quinientos folios. Un extracto de cien es lo que se recoge en este libro. El director del trabajo, don José Fernández casi suplicó que algún día viera la luz el fruto íntegro de un esfuerzo de años que ha llevado a la doctoranda a seguir los pasos de Arpa no sólo por su Carmona natal y por Sevilla, sino por Roma, por Méjico y por Tejas, donde fue dejando una estela de admiración y buen hacer que hoy todavía perdura. Carmen Rodríguez ha rastreado su quehacer pictórico con paciencia de tejedora, hasta poner en pie un catálogo que desde que ella depositó la tesis hasta que la defendió se incrementó en sesenta piezas.

¿Y por qué destaco todo esto? Pues porque Carmen Rodríguez lleva ocho años de su joven existencia “opositando”. Obtuvo una beca de investigadora para llevar a cabo su tesis en 2010. Más tarde pasó a un grupo de investigación y dos años después comenzó a desempeñar labores de profesora sustituta interina en el Departamento de Historia del Arte. Pero en la Universidad también han cambiado mucho las cosas desde 2008. Lo describía Valdivieso, con ese desparpajo castellano suyo que se ha ido perfeccionando con el tiempo y que ahora alcanza cotas de cruzado: “Antes, una persona entraba en un departamento a dar clase y ya se quedaba allí. Ahora no. Ahora, tiene que salir y ponerse en cola para volver a entrar. Carmencita es hoy la primera de esa cola. Esperemos que vuelva pronto, porque sus alumnos, que son los que prestigian o no a un profesor, la quieren.” Así, lacónico y contundente, es este teórico dotado de un bagaje que ya quisieran muchos papanatas del pesebre. Por cierto, que un reputado historiador inserto en la Administración socialista de la Junta de Andalucía se me lamentaba el otro día de la “panda de ignorantes” que impera en su departamento. Y él lo debe saber bien. Las alabanzas desgranadas por los dos veteranos docentes universitarios hacia la tenacidad, honradez intelectual y sagacidad de que había hecho gala Carmen Rodríguez Serrano parecían no tener fin. Valdivieso recalcó esos valores "en un tiempo en que todo se hace recortando y pegando de Internet".

“Carmencita” nos dedicó unas palabras impecables al término de la sesión, arropada por los directores de su tesis y un “colectivo” en cuya actitud y prolongada ovación era posible palpar el aprecio de los méritos que adornan a una chica ejemplar que no acaba de poder meter cabeza en su Universidad, tal vez porque los dineros se han ido en bibliotecas fallidas y otros descalabros presupuestarios, posteriormente premiados con nombramientos de altos vuelos. Algún día, alguien con buena pluma y mejor calculadora, tendrá que resumir en un memorial de agravios los daños y perjuicios que el despilfarro de todos los gobiernos y gran parte del manto protector de mancomunidades, consorcios, agencias, empresas públicas y otros artefactos más o menos superfluos han hecho a generaciones enteras de concienzudos y responsables jóvenes laboriosos que han sacrificado su tiempo para poder vivir de lo que les gusta y saben hacer con esmero. Sólo se vive una vez, señores de la política. Ustedes han podido ocupar sus años mozos en lo que han querido. Pero otros, mucho más útiles que ustedes para el común, han consumido demasiadas horas llamando a las puertas de organismos que ustedes han dejado secos. Imperdonable.

Ah, y, obviamente, Carmen es nombre de mujer, por si lo han olvidado.

LA TESIS DE CARMEN


No hace mucho que escribía aquí acerca de uno de esos discursos domésticos y pasajeros, hechos para disfrutar del paisaje como desde la ventana de un tren lento, que le escuché al catedrático emérito de la Universidad de Sevilla don Enrique Valdivieso acerca de Murillo y su pintura lenitiva para las heridas muy profundas de la ciudad que padeció las gran epidemia de peste de 1649. Hoy vuelvo sobre el profesor Valdivieso, uno de los pocos personajes sólidos en este país nuestro tan aligerado de peso cultural que se está quedando en los huesos de las “postrimerías” plasmadas por Valdés Leal en la iglesia del hospital de la Santa Caridad  por encargo del venerable Miguel Mañara.

Y retorno al experto vallisoletano asentado en la luz de Velázquez y del propio Murillo porque tuve la fortuna —buscada— de asistir a un acto que sólo voces de gran categoría son capaces de convocar. El arte fue, nuevamente, culpable de que el aforo del antiguo salón de plenos de la Diputación hispalense se viera abarrotado de un público variopinto arremolinado en torno al rescate de otro artista poco valorado por las recientes corrientes “entendidas”: José Arpa Perea. De guiar a la autora se ocupó durante años don Enrique y por eso quiso estar presente y realzar su puesta de largo junto al hoy catedrático de Historia del Arte en la Hispalense, José Fernández López. Ambos intervinieron en la cita y ambos escriben en el libro, publicado por la misma Diputación en otra colección, señera, que lleva el sello de “hispalense”: Arte Hispalense.
La tesis doctoral de Carmen Rodríguez Serrano ocupa unos quinientos folios. Un extracto de cien es lo que se recoge en este libro. El director del trabajo, don José Fernández casi suplicó que algún día viera la luz el fruto íntegro de un esfuerzo de años que ha llevado a la doctoranda a seguir los pasos de Arpa no sólo por su Carmona natal y por Sevilla, sino por Roma, por Méjico y por Tejas, donde fue dejando una estela de admiración y buen hacer que hoy todavía perdura. Carmen Rodríguez ha rastreado su quehacer pictórico con paciencia de tejedora, hasta poner en pie un catálogo que desde que ella depositó la tesis hasta que la defendió se incrementó en sesenta piezas.

¿Y por qué destaco todo esto? Pues porque Carmen Rodríguez lleva ocho años de su joven existencia “opositando”. Obtuvo una beca de investigadora para llevar a cabo su tesis en 2010. Más tarde pasó a un grupo de investigación y dos años después comenzó a desempeñar labores de profesora sustituta interina en el Departamento de Historia del Arte. Pero en la Universidad también han cambiado mucho las cosas desde 2008. Lo describía Valdivieso, con ese desparpajo castellano suyo que se ha ido perfeccionando con el tiempo y que ahora alcanza cotas de cruzado: “Antes, una persona entraba en un departamento a dar clase y ya se quedaba allí. Ahora no. Ahora, tiene que salir y ponerse en cola para volver a entrar. Carmencita es hoy la primera de esa cola. Esperemos que vuelva pronto, porque sus alumnos, que son los que prestigian o no a un profesor, la quieren.” Así, lacónico y contundente, es este teórico dotado de un bagaje que ya quisieran muchos papanatas del pesebre. Por cierto, que un reputado historiador inserto en la Administración socialista de la Junta de Andalucía se me lamentaba el otro día de la “panda de ignorantes” que impera en su departamento. Y él lo debe saber bien. Las alabanzas desgranadas por los dos veteranos docentes universitarios hacia la tenacidad, honradez intelectual y sagacidad de que había hecho gala Carmen Rodríguez Serrano parecían no tener fin. Valdivieso recalcó esos valores "en un tiempo en que todo se hace recortando y pegando de Internet".

“Carmencita” nos dedicó unas palabras impecables al término de la sesión, arropada por los directores de su tesis y un “colectivo” en cuya actitud y prolongada ovación era posible palpar el aprecio de los méritos que adornan a una chica ejemplar que no acaba de poder meter cabeza en su Universidad, tal vez porque los dineros se han ido en bibliotecas fallidas y otros descalabros presupuestarios, posteriormente premiados con nombramientos de altos vuelos. Algún día, alguien con buena pluma y mejor calculadora, tendrá que resumir en un memorial de agravios los daños y perjuicios que el despilfarro de todos los gobiernos y gran parte del manto protector de mancomunidades, consorcios, agencias, empresas públicas y otros artefactos más o menos superfluos han hecho a generaciones enteras de concienzudos y responsables jóvenes laboriosos que han sacrificado su tiempo para poder vivir de lo que les gusta y saben hacer con esmero. Sólo se vive una vez, señores de la política. Ustedes han podido ocupar sus años mozos en lo que han querido. Pero otros, mucho más útiles que ustedes para el común, han consumido demasiadas horas llamando a las puertas de organismos que ustedes han dejado secos. Imperdonable.

Ah, y, obviamente, Carmen es nombre de mujer, por si lo han olvidado.

miércoles, 28 de febrero de 2018

TIEMPOS POSTMODERNOS


              Al incorregible curioso, amén de experto archivero, Manuel Romero Tallafigo

El genio de Chaplin nos sirvió imágenes que explican la reticencia del cine mudo a incorporar el sonido, como aquellas de las cadenas de montaje para fabricación en serie donde la vida se reducía a una imitación de Sísifo apretando indefectiblemente, durante ocho horas diarias, la misma tuerca que siempre era una distinta. El actor tragicómico empleaba sus músculos —sobre todo faciales— para indicarnos con las piruetas y su propia reacción autoperpleja que la vida era ya suficientemente compleja y contradictoria pero que el hombre había sido capaz de darle la vuelta millones y millones de veces a la tuerca de hacerla, además de inexplicable, socialmente absurda.
Me lleva a concluir tan enrevesada idea, que expongo venciendo el rubor que siento por saberla muy poco original, la experiencia de tratar —es un decir, porque son intratables— con las compañías telefónicas para intentar una huida imposible de los laberintos en los que nos sumergen sus políticas comerciales insaciables. Y si en vez de acudir a ellas por cualquier vía intento informarme acerca de los intríngulis que rigen dichas estrategias, es peor, porque entonces la locura sube de grado y todo se hace demencialmente incomprensible. No es ningún secreto que, bajo esa capa de competencia, plagada de ofertas, subyace lo que en artículo reciente denominaba “loca carrera del mercado”. Olvidé consignar que el modelo alternativo, el socialista, es infinitamente peor, si es que en estos entresijos es lícito hablar de proporciones sin fin; sería más respetuoso con la verdad hacerlo de proyectos inacabados.
Para hacernos más consuetudinarios, podemos bajar de escala, e intentar recorrer el camino que nos ha llevado hasta una ratonera como la de las actuales tarifas “telefónicas”, en las que lo de menos es hablar a distancia, hecho que ha quedado barrido o atropellado por la velocidad de la luz que se mueve dentro de la fibra óptica. Pero hagamos un esfuerzo por volver a poner los pies en la tierra, como hacían las hermanas de Santa Teresa a petición suya agarrándole del hábito cada vez que se les escapaba levitando en el coro. Lo que está pasando en el momento de redactar no ya estas líneas sino esta línea en el panorama de las telecomunicaciones patrias es ni más ni menos que la manipulación política de nuestros más íntimos sentimientos, esos que ya vuelan a lomos del “wasap”, en mi caso entre padres e hijos a decenas de miles de kilómetros de distancia. O más aún, viéndonos y oyéndonos por “skype” y otras firmas que en su momento hicieron posible el sueño futurista de nuestra juventud periclitada. Dije en ese artículo ya citado que la vieja táctica capitalista de primero crear una necesidad y después explotarla estaba a punto de consumarse de una forma que nunca vieron los tiempos con el fin de la “neutralidad” (gratuidad) de Internet en su propia casa cuna (USA). Pero a una altura más modesta e inmediata, lo que tenemos encima en España es… chatatachán, tachán… la publicidad de RTVE. Sí, verán, los que tenemos memoria selectiva archivamos algunos datos que intuimos serán valiosos en el futuro para que no nos la den con queso. Es lo que me pasó cuando Zapatero —¡Oh, el inefable diosecillo tridentino (de tridente, claro) Zetapé!— eliminó la publicidad de la cadena pública nacional. A los cinéfilos nos hizo un favor, últimamente amortizado por el PP que ha intercalado “bocados” e incluso cortes de autopropaganda en las películas. Pero ¿lo hizo para beneficiar al telespectador, suprimiendo los incómodos paquetes de spots? Eso no estaba al alcance de la mente, más o menos perversa, del diosecillo. Lo hizo, como algunos, pocos, advirtieron enseguida, para beneficiar a los dos grandes grupos televisivos privados.  ¿Y cómo compensó las pérdidas? Cargando a las compañías telefónicas un canon por el uso de frecuencias del espacio radioeléctrico para la red móvil.
No acabó ahí la maniobra. No contento con ceder a las televisiones “libres” la parte de la tarta que hasta entonces había aliviado ligeramente las finanzas de la televisión y la radio gubernamentales, les otorgó nuevos canales para que se sirvieran de sus franquicias y duplicaran las marcas. ¿Era para apoyar a las empresas de televisión? No exactamente. Era el plan encaminado a copar todas las vías de adoctrinamiento del “estado”.
El tinglado ha aguantado, a duras penas, hasta que las grandes telecos han decidido —al unísono— subir las cuotas unilateralmente y revistiéndolas de aumento de servicios no solicitados, como la televisión por plataformas de Internet y de pago. Que es lo que sin duda le ha sucedido a usted y también a mí. Es inútil que trate de frenar el exceso. Hay que pagar el monopolio ideológico del Gobierno —sea del color que sea— y no lo va a costear él, obviamente.
Retorno al planeta de los filósofos, que, como sabían los clásicos, es el verdadero: Nos han creado una necesidad, incluso afectiva, y ahora nos pasan una factura angustiosa para cualquier economía modesta. ¿Quién renuncia ya a hablar con sus hijos, viéndolos, o a ponerles un telegrama “gratuito” a cualquier hora y a cualquier lugar del mundo? Las personas normales estábamos contentas con esa facultad. ¡Y no queríamos más! Ni películas o series producidas por empresas en expansión ni leches fritas, que diría un castizo. Pero en este mundo postmoderno lo que importa no es lo que convenga a las personas normales, sino a los gobiernos, que precisan de las empresas mediáticas porque necesitan los votos que éstas mueven.
Algo parecido previó Henry Ford cuando se le ocurrió diseñar el automóvil que podían comprar sus empleados, sus propios charlots robotizados que, a cambio de atornillar eternamente la misma pieza podían reunir el dinero suficiente, después de comer y dar estudios a sus hijos, para disponer de un utilitario, el legendario T. Que también —cada día soy menos integrista— ha contribuido a hacernos la vida más agradable, todo sea dicho.

lunes, 19 de febrero de 2018

UNA PATRIA CON VOZ DE MUJER


No está todo perdido. Eso, que nos rindamos, es lo que quieren los partidarios de lo corrosivo, pero ni hemos extraviado nuestro patrimonio espiritual ni España está tan deprimida como algunos pretenden. Frente al derribismo ruin de los que sólo venden carroña pestilente, se alza una España orgullosa de todo lo bueno que hay en su interior y en su pasado. Coser ese ayer con el presente haciendo las paces con nuestros padres en lugar de matarlos es una actitud que se va abriendo paso a través de hitos como el que este fin de semana ha protagonizado Marta Sánchez en el Teatro de la Zarzuela, adonde acudía, según ella misma ha declarado, con Alfredo Kraus a empaparse de buena música.
Los sones del himno nacional sonaron en su garganta con la voz de los valores eternos. Dio, nada menos, que gracias a Dios por haber nacido aquí. Tras la primera frase, el teatro, lleno, prorrumpió en una emocionante ovación que se repitió varias veces a lo largo de su interpretación, según ha captado con su móvil  un espectador que ha convertido su dispositivo en la ventana a la que se han asomado millares de miradas en pocas horas. Entre otras las del presidente del Gobierno y el jefe de la formación que tal vez pronto le arrebate el poder. Ambos, Rajoy y Rivera, junto a Andrea Levy, Juan Carlos Girauta o Rosa Díez, han mostrado enseguida su solidaridad con la autora de una letra que sin duda va a pasar a nuestra mejor historia por el hondo acierto que encierra. Por fin, podremos cantar el himno de España, como hacen los franceses o lo norteamericanos a partir de sus respectivas revoluciones nacionales.
En una interpretación clamorosa, revestida de rojo y rubio, éstas son las palabras cantadas por Marta para vibración de todos los españoles de bien:
"Vuelvo a casa, a mi amada tierra, la que vio nacer mi corazón aquí. Hoy te canto para decirte cuanto orgullo hay en mí, por eso resistí. Crece mi amor cada vez que me voy, pero no olvides que sin ti no sé vivir. Rojo, amarillo, colores que brillan en mi corazón y no pido perdón. Grande España, a Dios le doy las gracias por nacer aquí, honrarte hasta el fin. Como tu hija llevaré ese honor, llenar cada rincón con tus rayos de sol. Y si algún día no puedo volver, guárdame un sitio para descansar al fin."
Confieso que la cantante me ha arrancado alguna lágrima. En una España de la que todavía abjuran algunos, que una mujer como ésta, curtida en las tablas de muchos años ante el público, haya tenido la valentía y la coherencia de rescatar el patriotismo en el escenario es un baño de esperanza. Hermoso gesto de una bella dama capaz de levantar la moral de un pueblo cabizbajo con su inspiración artística y su sonrisa estimulante. En Sevilla hay una glorieta en la que campea un Rodrigo Díaz arremetedor y pinturero. El original lo esculpió la esposa del mecenas estadounidense Archer Milton Huntington, el fundador de la Hispanic Society de Nueva York , y lo puso en su película “Ciudadano Kane” Orson Wells, otro enamorado de España. En esa misma rotonda, hoy muy transitada, se erige desde la Exposición Iberoamericana de 1929 —mucho antes que el Cid— un triple arco triunfal en cuyas hornacinas siguen luciendo tres estatuas femeninas del escultor Pérez Comendador: la de la izquierda simboliza el trabajo (la “industria”) que aporta la prosperidad; la de la derecha, que muestra una Inmaculada de bulto redondo en una mano, encarna las artes. Y la del centro es la Hispanidad, con su escudo de leones, castillos, barras, granadas, cadenas y un “Nodo” con el que Sevilla se ha colado en las armas patrias. No cabe duda de que estamos ante una gran mujer, coronada y domeñando un león a sus pies. El poderío de la Hispanidad, que permanece ahí y renace, cuando uno menos se lo espera, en la letra, la voz y el coraje de Marta Sánchez, mujer de bandera.

lunes, 12 de febrero de 2018

LA VOZ A JULIO DEBIDA


El escritor y maestro de periodistas Julio Manuel de la Rosa falleció en Sevilla, su ciudad, el 7 de febrero de 2018, a los 82 años de edad.


De pronto, varias veces por clase, extendía un brazo sosteniendo en la punta un cigarrrillo a medio consumir y es que le había venido a la mente una idea refulgente. Entonces se podía fumar en estos ámbitos. Incluso, viendo cómo lo hacía Julio, se diría que el tabaco era imprescindible para mantener abiertos los ojos del intelectual. Aprendí a redactar escuchando a Julio Manuel de la Rosa. A mi lado estaban entonces —los veo y los oigo ahora— Tomás Balbontín, José María Aguilar, Ignacio Camacho, Eva Martín Consuegra, y, en fin, un puñado de plumas de primera fila que despertaban también cada día a rebato de la prosa improvisada o no de nuestro tutor. Algunos conocimos por él a otros Proust, Flaubert, Joyce, Gabriel y Galán, Faulkner, Vintila Horia, Alfonso Grosso, Luis Berenguer, Aquilino Duque, Virginia Wolf… Pero sobre todo a Luis Cernuda. Descubrimos Ocnos, es decir, la mejor Sevilla, de su mano. Cierro los ojos y los sonidos interiores me devuelven la voz de Julio como si fuera una más de las estampas que componen la Biblia del buen sevillano. Y siento una gran gratitud.
Recuerdo que una mañana nos contó, dejándonos en suspenso, cómo el hambre golpeaba fuerte todavía cuando él era niño en la Sanlúcar aljarafeña de sus veraneos, hasta el extremo de que un camión accidentado que transportaba bidones de aceite de los olivos cercanos provocó la afluencia agitada de gentes que, armadas de bollos de pan, migaban en los adoquines.
Decir Julio de la Rosa es decir infinidad de artículos —era un primer espada en el género— guardados en la hemeroteca de esta Casa. Muchos sobre boxeo, una de sus principales pasiones. Me viene a la memoria cómo y dónde escribía. Lo segundo lo ha glosado bien recientemente en estas páginas Eva Díaz. Era un cuchitril atestado de torres de libros sobre el suelo. Entraba la luz potente de Virgen de Luján. Y me llamaron mucho la atención dos costumbres (tal vez manías) que me confió cuando ya terminábamos una larga entrevista sobre Sevilla. Escribía con lápiz, y después, por imposición del editor, lo transcribía a ordenador. Y lo hacía siempre de mañana, nunca de noche. En Nuevas Profesiones, un cigarrillo humeante que me sugiere un correlato de moscas machadianas; en el escritorio, un lápiz matinal. Y en medio, una vida.
Recibí por mi último cumpleaños, de manos de mi esposa, el regalo del libro en homenaje suyo. Le veía últimamente curando ausencias de mujer en el bar Emilio, en compañía de un pequeño haz de amigos y como esperando su hora, cálido, cordial, elegante, preocupado por el afán creativo de los otros. Así era Julio, y mucho más. Un trozo enorme de la mejor Sevilla literaria se nos ha ido dejándonos un puñado de libros que llevan su nombre. Una de las últimas veces que nos vimos —compartimos mesa junto al común amigo y narrador también Paco Núñez Roldán— me abroncó paternalmente porque no escribía novelas. Él tenía fe en sus discípulos, así transcurriesen décadas. Ahora estará probando la madalena proustiana que no se consume nunca, por encima del tiempo y del espacio que su lápiz manejó con el trazo firme de un gran artista. Adiós, Julio. Nos vemos en Etruria.

(Publicado en ABC de Sevilla el 11 de febrero de 2018)

Necrológica ANTONIO BELTRÁN RISQUETE


El nombre de Antonio Beltrán no aparece en los buscadores, al menos no el Antonio Beltrán al que me refiero, pero estará siempre en el corazón de quienes le conocimos. Por supuesto, su memoria permanecerá bien arraigada en su familia, que compartió con él las idas y venidas de la suerte y del infortunio. De todo ello son conscientes las hermanas de la Cruz, muy vinculadas con ellos. Pero el efecto de su calidad humana nos acompañará hasta el último aliento a quienes tuvimos el honor y el privilegio de echar con él buenas y sustanciosas charlas. Era un hombre modesto, mucho más que cualquiera de sus interlocutores. Sabía escuchar y tenía mucho que decir. Su vida era trabajar y servir a los demás con la esperanza puesta en no defraudarles nunca. Eso es muy difícil de encontrar, y más en el mundo actual. Sin estudios, sus recuerdos eran de jugar al toro en la Alameda. De hecho, quiso ser torero, y un hermano suyo llegó a debutar en la Maestranza. Pero su ocupación en la vida fue, sobre todo, de camarero. De alguna manera, llevar la servilleta como los profesionales de antes guardaba cierta lejana y abstracta semejanza con el uso de la muleta. Hablaba de los ambientes taurinos con los ojos perdidos, trasladándose en cuerpo y alma a su niñez, antes de sufrir mucho y de perder las fuerzas, día a día, de la barra a las mesas del Vía Véneto o del restaurante del hotel Fernando III, donde le sorprendió otra muerte cruenta y traicionera.
Fue Antonio también paracaidista, durante aquellos servicios militares de tres años, y presumía de ello ante las fotos en sepia (naturales, sin photoshop). Aunque cuando realmente voló a lo alto, hasta rozar esas nubes sobre las que ya habita, fue en su queridísima Hermandad de La Carretería, a la que se entregó con la fidelidad de los capilleres antiguos y el espíritu de un zagal. Velaba por sus Titulares con la veneración de un ermitaño. Y si tocaba volver a los quehaceres de la hostelería, allí estaba Antonio, en el bar atendiendo a “la parroquia” con una sonrisa leve en su semblante, y esos ojillos inquietos husmeando siempre en los rincones, presto a cambiar un botellín o limpiar una mesa. Nunca faltó de nada en el frigorífico, y estoy por pensar que alguna vez se le escapó un milagro al multiplicar las botellas y encontrar espacio donde no lo había. Mimaba los enseres, con predilección por el imponente paso que hace viable lo imposible en Varflora cada Viernes Santo. El Cristo de la Salud y María Santísima en sus advocaciones de la Luz y Mayor Dolor en su Soledad, que eran para él la cima de la felicidad, sabrán premiarle lo que sin duda sus hermanos no alcanzamos a ofrecerle. Sus restos reposarán en la cripta de la capilla tonelera, uno de cuyos últimos miembros gremiales fue pariente suyo. Descanse en paz, Antonio, con quien compartí tantos ratos de ese lazo que une a las personas más que ningún otro: la animada conversación.
                                                  


Antonio Beltrán Risquete nació en Sevilla el 25 de enero de 1934. Ha muerto tres días antes de su 84 cumpleaños también en Sevilla. Fue capiller de la Hermandad de La Carretería.

(Publicado en ABC de Sevilla)

sábado, 3 de febrero de 2018

ARRIMADAS Y SUÁREZ: EL PODER POLÍTICO DE LA SEDUCCIÓN


Contaba el periodista Luis Herrero con motivo del fallecimiento de Adolfo Suárez una “anécdota” de esas que marcan la historia y que él conoció de primera mano. Hijo de un personaje clave en la recta final del franquismo (Fernando Herrero Tejedor), oyó referir en casa a menudo cómo fueron los primeros pasos en política del que llegaría a ser el presidente de la transición. Como siempre que los hechos domésticos determinan el destino de las colectividades, hubo una mujer de por medio, la esposa del entonces gobernador civil de Ávila. Imagínense los secretos oficiales que una persona así debía de intuir si no conocer. La conseja es la siguiente: Un día, al salir de misa, el matrimonio Herrero-Algar se encontró con un joven y apuesto muchacho a quien el futuro fiscal del Supremo apenas conocía. Se saludaron, y tras ello, Joaquina Algar, señora de Herrero, comentó a su marido (es de suponer que asiéndole con firmeza femenina del brazo y al oído): “Fernando, este chico te conviene. Es educado y va a misa. Además, es guapo”. Adolfo Suárez González, hasta entonces un oscuro estudiante de Derecho, falangista y cercano a la Acción Católica (después al Opus Dei), es nombrado secretario personal del gobernador, y a partir de ahí, su sombra hasta que llega, a instancias de su jefe, a la Vicesecretaría General del Movimiento. Antes, ocuparía el Gobierno Civil de Segovia y la Dirección General de Radiodifusión y Televisión entre mayo del 69 y junio del 73. Ahí tuvo un papel decisivo en el “acercamiento” de los Príncipes al pueblo español. Y finalmente, se convertiría en ministro secretario general del Movimiento hasta el 6 de julio de 1976, bajo la presidencia de Arias Navarro. De allí pasó a la Presidencia del Gobierno.
¿Y a qué viene este largo compendio cronológico en torno a un encuentro dominical en aquella España provincial y provinciana? Pues al poder político de la seducción, que sigue hoy tan flamante como hace medio siglo. Y si no, examinemos por encima el fenómeno “Arrimadas”. Porque los sesudos analistas de la situación suelen quedarse en la cáscara, que es la correlación de fuerzas y las encuestas sobre siglas y partidos. Inés Arrimadas, que es la gran vencedora del estado de opinión actual, reúne, en mujer, todos los atributos (ignoro si va a misa) que doña Joaquina Algar descubrió en tiempo real al vislumbrar la figura de un ambicioso conquistador de voluntades cuyo abundante y bien peinado pelo negro convenció a los españoles de que él era el mejor piloto para los tiempos que se avecinaban.
Esta jerezana —y a mucha honra— de Cataluña y sobre todo, mujer de bandera para España, es, en el mejor de los sentidos, como lo era Suárez, una gran seductora. Su poder de encandilamiento ha desplazado al de su superior —ojito, Inés—, que, por supuesto, también desempeña un papel de orden moderno, de corrección de toda la vida, proyectada al porvenir y no al pasado. Exactamente lo mismo que proclamaba Suárez con su presencia y con su acento de vocalista de los coros rusos con el punto justo de afonía que demandaba el pueblo.
Observen la indumentaria, el peinado, la expresión facial, el tono de las frases, hasta esa voz ligeramente cascada pero incombustible que los días 6 y 7 de septiembre, y los que les han seguido, ha puesto en el Flandes traidor del Parlament la pica de las ideas claras y de la aún más diáfana vocación de españolidad de quien ha resultado representar a la mayoría de los catalanes.
Sí, Arrimadas es la sucesora de Suárez. Mejor dicho, de ese mix que forman en el imaginario común de los españoles Adolfo Suárez y Felipe González. No se ha derribado el sistema. Se ha venido abajo el bipartidismo, y las arenas movedizas que nos tenían atrapados por las pantorrillas en la mediocridad más cobarde. Ha sido salir Arrimadas a la palestra colapsada por Independilandia y comprobar con inmensa esperanza que no estaba todo perdido, que el futuro es posible y está aquí. Esa sensación, netamente sentimental, es la que ha dado el gran vuelco al arco parlamentario nacional en los últimos sondeos. Y ésta sí que es la nueva transición, no la de los comunistas —llámense como se llamen— que, nuevamente, como en la transición anterior, son más temidos que apoyados (ellos se lo buscan).
Adolfo Suárez infundió en los españoles confianza. E Inés Arrimadas igual. Sería una magnífica presidenta del Gobierno de España, ya que no lo va a ser de Cataluña.

(Publicado en las nueve cabeceras del Grupo Joly el 3 de febrero de 2018)

jueves, 18 de enero de 2018

EL LADO LUMINOSO DEL XVII SEVILLANO

El profesor Enrique Valdivieso, seguramente el mayor experto vivo sobre Murillo, dio hace algunos meses, cuando los fastos apenas se esbozaban, una lección magistral de carácter casi íntimo a un grupo de gente inquieta de la ciudad en la que el pintor vino a nacer que perdura en la memoria de quienes a ella asistimos. Aquella tarde, en plena sobremesa y ante un auditorio encandilado que parecía escuchar sus palabras como si de la estantigua de San Telmo se tratase (trocada la dureza pétrea en sensibilidad a flor de piel), este talento sevillano de Valladolid pronunció un discurso a los postres, salteado de preguntas emocionadas. El maestro nos tomó de la mano e hizo que nos sintiéramos espías de Murillo. Dejó a un lado las latas de membrillo y el aburrido lenguaje de las tesis. Pero no la imaginación. Nos situó en una puerta de la Sevilla alucinada, torturada, lacerada por la epidemia de 1649. Y desde allí, fuimos siguiendo al artista por los suburbios dolientes de una población diezmada.
Valdivieso logró transportarnos, meta sempiterna de todos los contadores de historias. Se reveló como un excelente prosista improvisado, como un bardo ciego —¡él, con su mirada de vista rápida!— que concentrara mil iconos en una palabra para derrochar el verbo del arte sin clasificar. Y nos explicó el por qué de Murillo. En otras palabras sin duda, vino a decirnos: “Los sevillanos necesitaban, en ese momento histórico, alguien que los sacara de la peor pesadilla que vieron los siglos. Y encontraron a Murillo deambulando por sus calles, en busca de niños harapientos, roñosos y muertos de hambre, pero bellos como sus Inmaculadas. La pintura profana de Murillo, y también la religiosa a su manera, fueron como una operación humanitaria de rescate estético y ético. Un respiro. Él vio en aquellos hijos de Dios ávidos de misericordia, huérfanos, perdidos, andrajosos y sin más futuro que un hilo de esperanza biológica, el lado luminoso de la vida, la luz, y decidió llevarlos a los lienzos como un consuelo para tanto sufrimiento humano que le salía al encuentro. La ciudad estaba laminada, psicológicamente triturada, llorando a sus muertos noche y día. Sólo le quedaba el pincel de Murillo. Y lo aprovechó. Vaya si lo aprovechó.”
Nos quedamos boquiabiertos. Murillo, apóstol de la vida en una Sevilla atribulada, donde el olor a cadáver se mezclaba con el eco de las rogativas. Quienes llevamos media vida buceando en la historia fidedigna de la “muy noble” sabemos bien que el significado de aquella alocución breve y acerada, como una punzada de los millones que se embalsaron en la Sevilla de aquellos años, respondía sin la menor traición a lo sucedido entonces. Traigo a colación una “anécdota” (no puede ser más luctuosa pero rica para la historiografía) que hallé en un libro de actas de la hermandad de la Carretería correspondiente a aquellas fechas. Un domingo, los toneleros se reúnen, convocados por el muñidor, para elegir oficiales. En aquel ajado papel me salieron al camino un puñado de nombres anónimos. A continuación, el acta recogía los esfuerzos, sobre todo económicos, para llevar a cabo la estación de penitencia y la procesión de la Pascua de Resurrección (dos salidas en cuestión de pocos días). Pasé las páginas. Reconozco que me asaltó un temblor sordo, a solas como estaba con aquella memoria histórica que empezaba así: “En Sevilla, a 17 de abril de 1649, se juntaron los hermanos que quedaron bibos”. Sí, una semana más tarde, aquel domingo cuaresmal o tal vez de Ramos, había que volver a elegir junta de gobierno, porque la mayoría había sucumbido víctima de la bubónica. En aquel momento decidí que dicha frase encabezaría mi libro “Dios, hombres, ciudad” bajo la dedicatoria “A mis hermanos de la Carretería. Los que se fueron y los que viven”.

Ahora que se despliegan a toda prisa las velas del cuarto centenario, y que don Enrique Valdivieso habita en el relativo olvido —cruel como la peste— de su morada a dos pasos de la eterna que acoge los restos de aquellas retinas universales, es buen momento para reflexionar sobre el lado luminoso del siglo XVII sevillano, el que permitió que la ciudad se sobrepusiera a su apocalipsis, gracias, en buena medida, al mensaje que dejó en ella la pincelada del genio.

(Publicado en ABC de Sevilla el 18 de enero de 2018)

viernes, 12 de enero de 2018

LA LOCA CARRERA DEL MERCADO

El siglo XXI no nos da para sustos. Durante los diecisiete o dieciocho años, según se mire, transcurridos desde el pistoletazo de salida hemos creído, de veras, que vivíamos en un mundo nuevo y feliz, como auguró Karina. Era el mundo de Internet. Ahora, con la desaparición de la llamada “neutralidad”, o lo que es lo mismo, la red igualitaria, Estados Unidos, o sea Internet, nos anuncia otro mundo nuevo, ignoro si también feliz. No estamos preparados para tantos cambios y de tal calibre. O tal vez sí, porque de lo que se trata no es más que de una nueva operación de mercado. Va a resultar que estos tres lustros y pico de Internet como medio de telecomunicación en el que cabía todo eran, al fin y al cabo, una promoción comercial, como un periodo de prueba gratuita. Una vez aclimatado el personal, es decir, enviciado, cuando ya se ha conseguido que sobre todo la gente joven no pueda vivir ni un minuto, de día o de noche, sin estar enganchado a algún dispositivo de red social, ha llegado la hora de revelar la verdadera cara de Internet, un inmenso, universal mercadillo por cuya ocupación habremos de pagar.
Desde hace algún tiempo vengo observando que la última gran baza de nuestro capitalismo, la tecnología derivada de la investigación científica, ha tocado techo. Quizás el mejor exponente de ello sea el frenazo producido en la célebre compañía de la manzana mordida (puede que ahora sepamos por qué) en su hasta no hace mucho producto estrella: el ipad (aipod para los amigos de aquí, incluidos los colegios concertados que en su día obligaron moralmente a los padres a comprarlos para uso académico de los alumnos). Lo mismo ha ocurrido con la miniaturización, que fue no hace mucho la gran batalla de los fabricantes: ocupar cada vez menos y menos espacio físico. ¿Para qué? Para reunir en volúmenes ergonómicos características técnicas cada vez más ambiciosas que hasta entonces eran caras y aparatosas. Incómodas, en una palabra. Fuimos asistiendo así al encogimiento primero de transistores, después de televisores, luego de cámaras y finalmente de teléfonos móviles inteligentes. Hasta que la ciencia tropezó con la naturaleza. El abuso del progreso no está bien visto en la Creación. Demasiados antibióticos inmunizan a las bacterias. Demasiada competencia se topa con la mano humana. O con el ojo humano. O con el ritmo de los días.
Si observan cuidadosamente la deriva de los móviles, verán que, llegados a un punto, no reducen más su tamaño. La carrera de la miniaturización ha llegado a la meta, que es la mano de un humano joven. Pueden añadir mayores cotas de perfección a los componentes miniaturizados, pero ahí también se estrella la tecnología con el cuerpo humano y sus limitaciones, que son al mismo tiempo sus grandezas. Y es que todo en nuestros ojos está configurado para la transmisión de datos o impulsos al cerebro con un umbral de definición, por encima del cual ya puede inventar el mercado 4 kas, 5 kas o infinitos kas, que todo es inútil. Esto es extensible a multitud de recursos materiales que hacen nuestra vida más fácil en apariencia, pero más compleja, menos dúctil y más hiperactiva en la realidad.
Hablo, evidentemente, del ámbito doméstico y callejero, no del industrial ni del institucional destinado a cubrir necesidades masivas o a resolver problemas de gran alcance, como el sanitario o el alimenticio. Ahí, la tecnología tiene todos los campos abiertos. Pero en el gran escenario del consumo, que es donde nos movemos de ordinario y con el que nos relacionamos más directamente, la oferta tiene un serio problema, Huston. Y no es uno más. De ahí, supongo, que haya decidido dar una vuelta de tuerca y acabar con el gratis total de los portales de Internet.
Si de los inmediato pasamos a lo metafísico —es broma, tranquilos— puede que estemos asistiendo a la última gran mutación de un ciclo histórico muy largo cuyo arranque podríamos fijar en la revolución industrial y que podríamos asociar, precisamente, a la necesidad, o mejor dicho, a la obligación de cambiar permanentemente. Cada especie animal tiene su biorritmo, y aquí voy a lo que antes pergeñaba: el día tiene 24 horas, ¿no es cierto? (que diría un ejecutivo agresivo ante una pizarra blanca en la que acaba de escribir 24). ¿Es posible para un ser humano digerir en ese tiempo el aluvión sistemático de información de todo tipo que le induce a no quedarse atrás en la loca carrera del consumo? Esto no tendría mayor importancia si nos hubiesen educado para consumir razonablemente, pero lo cierto es que, como todas las revoluciones, la industrial acabó también, en su sed de cambio, con cuanta sabiduría a este respecto habían conseguido milenios de civilización y cultura.
Me remonto mucho, ya lo sé. Pero, como dice la Biblia que escuchamos en las misas los que seguimos yendo —que somos más de los que otros intentan que parezca pero menos de los que sería bueno que fuesen—, un día es un año para Dios y un año un día. ¿Qué son 150 años para la vida de la Humanidad? Tal vez en Atapuerca tengan la respuesta.
En todo caso, la velocidad, esa diosa de nuestro tiempo, nos ha llevado al filo de un abismo: un Internet de pago, y caro además. Predecía Al Gore, siendo vicepresidente con Clinton —y predecía bien— que Internet lo cambiaría todo. Es la magia de la palabra cambio. A combatir el cambio climático se ha dedicado después, incluyendo la venta de miles de deuvedés a la Junta de Andalucía para los centros educativos. Gore sabía muy bien que, como todos los avances tecnológicos, si tienen éxito en los ensayos militares también lo tendrán en la sociedad de consumo.

En definitiva, la coacción ambiental para que forcemos el ritmo de los días y las capacidades del cuerpo humano ha neurotizado a las nuevas generaciones porque se trata de una pulsión imposible, de una compulsión. Ni el tiempo, ni nuestro organismo ni nuestra mente van a adaptarse a los dictados artificiales. Al menos hasta el nuevo big-bang.

domingo, 31 de diciembre de 2017

ERRADICAR EL FRANQUISMO

Los periodos de la vida, que historia son, se pueden releer, tratar, exaltar o minimizar. Pero nunca se pueden borrar. Los 39 años de franquismo que España gozó para unos y sufrió para otros ocupan otros tantos de biografía para los más veteranos del lugar y en todo caso su herencia forma parte, guste o no, de nuestra propia personalidad individual y colectiva. Y de nuestra edad, sea la que sea. Las naciones nunca parten de la nada. Esto vale para nuestra Patria, pero también para pueblos y tierras que, como la antigua Unión Soviética, se sitúan, teóricamente, en las antípodas de esos 39 años ampliables cuantos queramos hasta nuestros días.
El franquismo, como corresponde al régimen político y al estilo social que precedió a los actuales, no se puede erradicar. Conviene, desde luego, conocerlo cada día mejor, y honrar a quienes antaño no tuvieron de los vencedores en la terrible guerra que dio lugar a ese tiempo los honores merecidos. Pero nada más. Suprimir por ley (de Memoria Histórica) o por el simple deseo de quienes se consideran albaceas de los vencidos toda una etapa de nuestro pasado que tanto ha influido en nuestro presente es, llanamente, un acto de lesa verdad. Y este tipo de traiciones a la realidad acaban siendo siempre justicieros.
Treinta y nueve años son toda una vida. De aquel lapso forman parte generaciones de españoles que jugaron en las calles, aprendieron en las escuelas y universidades, trabajaron en fábricas y oficinas, se enamoraron y se casaron, soñaron con formar familia y a menudo la tuvieron numerosa, y en todo momento lucharon por desterrar de sus mentes la más atroz peripecia de odios cainitas que se pueda imaginar. Cierto día, muchos años después, Franco le confió a su primo y secretario que “una guerra civil es lo peor que le puede suceder a un país”. En pleno despertar de las libertades que le siguieron, el editor de Diario 16 —nada sospechoso de continuista— encomendó al grupo musical onubense Jarcha una especie de himno a los aires nuevos. Hoy, “Libertad sin ira” rechina. Y no precisamente por su talante “revolucionario”: “Pero yo sólo he visto gente muy obediente hasta en la cama. Gente que sólo quiere su pan, su hembra y la fiesta en paz.” Y alargaba el solista la “aaaaz”. Hoy sería casi motivo de procesamiento por machismo. Pero entonces respondía a lo que el pueblo español ansiaba: libertad en paz.
Recién acabada la guerra, el orden era el inverso, como es natural: paz y libertad. Conforme se fue consolidando la paz se fue olvidando la libertad, que en los años republicanos había sido sistemáticamente utilizada para destruir a la primera. Lo cierto es que el denostado —y prohibido— franquismo arrancó de una crudelísima guerra civil y agonizó en brazos de un país pacificado. Esto, evidentemente, algunos nunca se lo perdonarán.
Treinta y nueve años, amén de ser una vida, dan para mucho, bueno, malo y regular. Lo importante es qué dejan para la posteridad. Que 42 años después sigamos ajustando cuentas de entonces es muy significativo de hasta qué punto lo que importa no es el franquismo, superarlo con altura de miras y afán constructivo, sino disimular el gran fracaso histórico mundial de la izquierda revolucionaria que es la que sigue, dos generaciones más tarde, rompiendo la unidad nacional que forjó el espíritu de los Reyes Católicos, tan lejos y tan cerca de nuestra actualidad. Aquella “Unión de Reinos” que, por primera vez en nuestra historia, anteponía la comunidad de intereses en el bien común a cualquier otra consideración, es lo que sigue estando en el punto de mira de los uniformadores de opinión pública. No el franquismo.
Recomiendo a quienes no se casan con nadie la lectura de los libros del eximio historiador Luis Suárez sobre los Reyes Católicos y sobre Franco. Son difícilmente emulables en cuanto a documentación y conocimiento de la materia. Los seis tomos en torno al Caudillo se acercan a las cinco mil páginas, con unas sabrosas notas que a menudo no tienen desperdicio. Suárez fue represaliado por el Gobierno de Zapatero, de cuya financiación dependen las academias, por escribir en la obra sobre personajes contemporáneos que preparaba la de San Fernando que el régimen de Franco empezó siendo una dictadura personal pero evolucionó (adecuadamente) hasta convertirse en un sistema autoritario.
Acaba de expirar Carmen Franco Polo, la única hija del que fuera Jefe del Estado durante casi cuatro décadas. Vuelvo a las sugerencias: lean un reportaje de Nieves Herrero en El Mundo y una carta de Francisco Franco  Martínez-Bordiú (hijo de la finada) en el ABC. Ahí es donde está la verdad histórica, no en el sectarismo vengativo de ningún mindundi.

Por cierto, que de no ser porque tenemos un gran Rey —la fortuna no siempre iba a sernos adversa— con el arrojo necesario para intervenir cuando ha sido ineludible, seguimos siendo ciudadanos de España. Porque si en vez del Borbón repuesto en el trono por el Generalísimo tuviéramos hoy un presidente de la República otra vez (un Rajoy, verbi gracia)… prefiero no pensarlo.

viernes, 22 de diciembre de 2017

CUENTO (DURAMENTE VERÍDICO) DE NAVIDAD


Pensaba escribir sobre la Navidad. Y bien mirado, voy a hacerlo. Ayer asistí a una Eucaristía presidida por el arzobispo de Sevilla, quien tras la  homilía, condensada y bien medida como siempre, nos sorprendió con una alusión nada menos que al Cuarto Mandamiento. Sé que este artículo no ha caído en manos legas y ayunas de cultura, de modo que no voy a recitar su tenor literal. ¿Y por qué se refirió monseñor Asenjo al deber de honrar a nuestros padres (por cierto, que las Tablas de la Ley se adelantaron a lo políticamente correcto y señalaron claramente “padre y madre”)? Trajo a colación el prelado el precepto divino que recorrió el gran camino de las telecomunicaciones establecido entre una zarza ardiendo que no se consumía y un pueblo desnortado que adoraba a Baal, a cuento, precisamente, de una nación errante, que a la sazón es la nuestra.
No la catalana, que no existe porque aquello sigue siendo un condado. Todo lo respetable que se quiera, pero un condado al fin, aunque lo hayamos revestido de comunidad autónoma. La nación, en España, es la Patria. La única nación valedera, palabra ésta en desuso ya cuando mi dilecto Manolo Ferrand, que en paz descanse, me reprendía por decir “válido”. Por cierto, mi primer jefe era admirado y querido en la Casa de Planeta hasta su fallecimiento, y aún después en las personas de su amplia prole. Aquel premio concedido en Barcelona por un hijo de El Pedroso le mantuvo vinculado con una firma netamente catalana que hoy nadie sabe lo que hará mañana.
Porque hoy es un día de nudos en la garganta… otra vez. Leo en la Prensa titulares como “La victoria de ciudadanos no evita la mayoría separatista”, “La CUP condiciona su apoyo a Puigdemont a que asuma el programa de “construir” la república”, “La república catalana ha ganado a la monarquía del 155”, “Incierto futuro”, “La mayor tragedia de Mariano Rajoy”. Publiqué, hace hoy quince días, una serie de “suposiciones” que, lamentablemente, se van cumpliendo una a una desde hace unas horas. He perdido toda esperanza en haberme equivocado. No tengo ánimos para releerme, algo por lo que además siempre he sentido alergia. Pero ahora me pregunto qué pensar tras el cumplimiento de las agoreras hipótesis. Sé que como yo hay mucha gente, angustiada por no explicarse en qué pensaba el presidente del Gobierno, ese “insecto palo”, dicho sea con la intención de hacer un símil entomológico de su (no) política, estática y ultraconservadora (ésta sí, y no otras que la progresía acostumbra a inventarse).
Circuló en su momento, la primera vez que Rajoy ganó las elecciones generales, con mayoría absoluta y gracias al desastre económico que le tocó a Zapatero aunque éste se encargara de intensificarlo, un rumor según el cual Arriola, el sempiterno asesor sociomensor del PP y esposo de Celia Villalobos (ya saben, la ex del Partido Comunista conversa al liberalismo, ja, ja)  había resumido en un consejo de oráculo lo que debía ser el programa marianista: “Has ganado sin hacer nada. Ahora lo único que puedes hacer es perder”. La frasecita, fueran cuales fueran sus términos exactos, es como el lema de un príncipe de cine gótico: encierra a la perfección el (no) espíritu de este gallego que está conduciendo a España al mayor agujero negro de su historia reciente a fuerza de no hacer nada. Lo único que ha conseguido es hundir al Partido Popular hasta relegarlo al grupo mixto, donde convivirá con los antisistemas de la CUP. En el Parlamento catalán no volverá a oírse, al menos en mucho tiempo, la voz de Albiol.
Se ha metido en la ratonera él solito, cuando su electorado, sus simpatizantes y cualquiera que tuviera un mínimo de conciencia ciudadana le aclamaba por haber tenido, al fin y tardíamente, el valor de aplicar el 155. Ahora, creo, es tarde para todo. Estamos en un callejón sin salida para el que nuestro sistema político y jurídico no tiene respuestas. Las banderas seguirán en los balcones, pero el último cartucho acaba de disparárselo en los pies el hombre que confió en las urnas sin pensar que son (o eran) de cristal. Ahora estamos, como advirtió Aznar (el que, por otra parte, hablaba catalán —¿con Pujol?— en la intimidad), peor que hace dos meses, cuando se produjo el “sorpasso” de la convocatoria electoral en el curso de una rueda de prensa para hablar del 155. La precipitación conduce al precipicio. Y ahí estamos. Pero ¿dónde está Arriola, en su dorada jubilación bien pensionada?

Recemos, que es Navidad. Nos lo pedía ayer, antes de conocerse el fracaso catalán, el pastor alcarreño. Fue su última petición de los fieles. Especialmente extensa y acuciante: “Hay que orar por España, que existe desde hace cinco siglos.” Y levantó los cinco dedos de su mano. Después bajó uno, para indicar que el Cuarto Mandamiento nos obligaba a amar a la Patria al igual que a nuestro padre y nuestra madre, y mantenerla unida, porque esa unidad es fuente de paz, convivencia y amor. Pues eso, recemos y feliz Navidad a cuantos hayan tenido la paciencia (que viene de paz) de leerme hasta aquí.

viernes, 8 de diciembre de 2017

SUPONGAMOS...

Supongamos por un momento que los resultados del 21 de diciembre en Cataluña no son los que el Gobierno de Rajoy y la mayoría de los españoles deseamos. Una vez traspasado el Rubicón del 155, el Ejecutivo podía haber dispuesto casi a su antojo de los recursos que le proporcionaba la Constitución, aplicada en este punto por primera vez en la Historia. Gozaba de una holgada mayoría absoluta en el Senado, entidad en cuya mano estaba autorizarle. En aquel momento, tras las semanas más tensas y peligrosas de la vida nacional tras la transición, el Partido Popular lo tenía todo a su favor, empezando por la sospechosa pero útil mansedumbre de los cargos públicos secesionistas, que entregaron el poder apenas sin la menor resistencia, cuando todos nos temíamos lo peor, la reedición, mucho más violenta, de los durísimos incidentes protagonizados por cuarenta mil personas la noche del 20 de septiembre en torno a los vehículos de la Guardia Civil. Precisamente era éste el punto álgido del tira y afloja del que pendía el futuro de Cataluña y de España en general.
La praxis hace a menudo la manera de pensar de las multitudes. Tal vez por eso, el presidente prefirió sorprender a muchos primero con el plazo libremente autoimpuesto de seis meses para devolver las competencias al Parlamento —ya nuevo— autonómico. Nadie le obligaba. Una labor de zapa y socavamiento como la llevada a cabo sistemáticamente y bien alimentada por fondos tanto públicos como privados durante el largo viaje de la autonomía exigía, si se quería al menos minimizar sus efectos, una proyección indefinida en el tiempo. Pero eso debió parecerle al gallego poco decoroso institucionalmente, aunque fuera lo que se percibía en el ambiente que le demandaba su electorado y lo único que le permitiría estar a la altura de las graves circunstancias. Más adelante, las precipitadas conversaciones y visitas del “líder” de la oposición tamizarían las cosas de modo que un paso del calibre del registrado horas antes quedaba en entredicho por una aplicación más bien estrecha del mismo. Así, eligió incluso adelantar el plazo de seis meses a dos, y anunciarlo por sorpresa dejando a todos con la mandíbula desencajada. Lo inesperado de la medida la revestía de eficacia e idoneidad. Por fin, Rajoy gobernaba, y parecía dominar la situación.
Supongamos, empero, que la solución electoral no es la panacea. Supongamos que en dos meses, y por mucho que la tentativa del 27 de octubre no haya triunfado, las pulsiones profundas del independentismo catalán en lugar de haber desaparecido se recrudecen. Supongamos que el día del Gordo nos encontramos con un Parlamento catalán diferente, sí, pero no en el sentido que se esperaba sino en el contrario. Me explico.
En el intercambio epistolar entre el presidente Rajoy y el president Puigdemont, el primero lanzó el que podría considerarse su último misil dialéctico cuando le recordó a su corresponsal que las formaciones promotoras y sancionadoras de la declaración independentista no representaban a la mayoría de los votos catalanes. La Ley D´Hondt, como tantas otras veces, les daba algunos escaños más, pero éstos no reflejaban la realidad global de los sufragios. Era éste, si lo miramos con una óptica escrupulosa, el argumento definitivo para resolver tan grotesco episodio. Es más, ante Europa y el resto del mundo, la imagen de España quedaba a salvo de cualquier ataque basado en consideraciones puramente democráticas. Era una baza que Rajoy podría haber mantenido en la caja fuerte cuanto tiempo hubiese querido. Pero prefirió el riesgo. El análisis de la operación lo dejo a los especialistas. Lo cierto es que el 21 de diciembre se enfrenta a un panorama tan incierto como quedarse desnudo ante una hipotética mayoría de votos, sin precedentes, en las filas separatistas.
Pero hay más. Supongamos —lo cual no requiere demasiada imaginación— que los partidos socialistas español y catalán deciden someter a Rajoy a una moción de censura. Hoy por hoy, con la izquierda radical que reina en el Congreso, tal alternativa sería perfectamente viable. Caería el Gobierno y caería el Senado. ¿Qué composición tendría la Cámara alta de producirse dicho escenario? ¿Perdería también el Partido Popular la mayoría en el órgano llamado a renovar la suspensión de competencias autonómicas?

Hay suposiciones que uno tal vez no debería poner por escrito. Pero cada cual está hecho en su molde, y el mío no es el del mutismo.

Publicado en las nueve cabeceras del grupo Joly el 7-12-17
(Tirada OJD: 60.000 ejemplares)

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Y NO LE TEMBLÓ EL PULSO

Cuando el capitán de una compañía cae en primera línea, pueden pasar dos cosas: si el cuerpo de ejército está bien disciplinado y sabe lo que quiere se mantiene formado y avanza como si su jefe continuara en pie; pero si cunde el desconcierto, la debacle es total. ¿Qué ocurrirá con la batalla judicial contra la insurrección separatista ahora que el encargado de guiarla no está ni volverá a estar al frente de la lucha jurídica? Los interrogantes se apelmazan en situaciones tan graves como la actual. La muerte, siempre inoportuna, ha sido esta vez alevosa, por cuanto deja al estado de derecho a los pies de los caballos siempre encabritados de la impunidad.
El nombre y la imagen de José Manuel Maza estarán siempre asociados en la memoria de muchos a una escena clave de la tan asendereada vida nacional desde el pasado 6 de septiembre. Fue el Fiscal General el primero en desenfundar las armas de la Ley para incriminar a cuantos hubieran participado en la intentona golpista de Cataluña. Lo hizo con una resolución y un temple que últimamente se añoran dondequiera que uno mire a lo largo de la política nacional, al menos dentro de los confines de los arcos parlamentarios. Para quien pusiera en los sucesos de aquellos días la atención que merecían, las palabras de Maza supusieron un respiro, hasta el extremo de recibirlas de su voz como si las hubiésemos redactado nosotros mismos. Era la ansiada determinación, el espíritu asertivo que proporciona tomar las riendas, o si se prefiere el toro por los cuernos y tirar “palante”, que diría un castizo. Justo lo que echamos de menos en quien le nombró.
Hasta ahora, teníamos dos personas, dos instituciones encarnadas por ellas, que eran garantía última de fiabilidad en los resortes legales de la unidad nacional: el Rey y el Fiscal General. El comunicado de éste último al que me vengo refiriendo, leído el 30 de octubre en la sede del órgano judicial con la solemnidad que exigía la actuación en cuestión, constituía la más contundente reacción por parte del ordenamiento jurídico ante el dantesco acto delictivo registrado tres días antes. Terminó la lectura del texto sin que la mano le hubiera vacilado ni un instante, lo cual, teniendo en cuenta la envergadura del paso dado —la presentación de querellas contra todos los promotores de la independencia, empezando por el Gobierno catalán— me pareció un rasgo digno de un gran hombre. Era un detalle que contrastaba con otro de una vileza inaudita. Los amantes de los medios audiovisuales solemos fijarnos en estas cosas. La primera sesión parlamentaria para aprobar la independencia, la que finalizó el 6 de septiembre con la votación forzada de la llamada “ley del referéndum”, fue retransmitida íntegramente y en directo por la televisión catalana. No hace falta añadir que TV3 sirvió la señal que más convenía a sus mentores, tal y como sigue haciendo hoy aunque los supervisores, en teoría, hayan cambiado. Cuando llegó el momento de votar, tras unos debates de sainete dramático, los no secesionistas se ausentaron de la sala, pero dejaron banderas españolas y catalanas en sus escaños. Todos esperábamos ver un plano general de los diputados presentes y de los asientos vacíos. Pero la manipuladora televisión autonómica cerró el zoom de la cámara y lo fijó, durante minutos y minutos en el busto parlante de la presidenta Forcadell, que había forzado torticeramente cada minuto de aquella jornada para sacar adelante “como fuera” la ley de ruptura. Fue un engendro informativo condenado en todos los manuales de lenguaje televisual del mundo, salvo, probablemente, los bolivarianos, los castristas y los norcoreanos. Lo cierto es que TV3 escamoteó a todos la realidad de medio Parlamento aprobando de hecho la secesión del “país”.

Tal desmán, como decía, estaba en las antípodas de aquella otra ilustración audiovisual de un fiscal general exponiendo concisa y someramente la postura del estado ante el reto protagonizado por una parte, ciertamente muy minoritaria, de su población. Recientemente, el fiscal jefe del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, Jesús García Calderón, escritor impenitente e inspirado además de amabilísima persona, y subordinado jerárquico por tanto del finado, refería que el artículo 48, si no recuerdo mal, de la reglamentación de actos notariales —agradeceré a quien corresponda que me rectifique si me equivoco— era un poema medido con la sobriedad de la hondura desnuda, requisito éste que todo vate con talento cultiva. Pues eso mismo reconocí yo en la pieza de José Manuel Maza, que podemos escuchar de su boca gracias al milagroso Internet. Y nuevamente, observando las faltas en el último adiós, la talla de los grandes se fija por la raza de los ladradores. Como siempre.

viernes, 10 de noviembre de 2017

SÍ, HAN DESPERTADO AL LEÓN

En los artículos de Rafael Sánchez Saus, excelso docente universitario de los clásicos, historiador benemérito y sobre todo grandísima persona, tenemos siempre destellos que nos ayudan a comprender lo que está pasando, algo que, en definitiva, es lo que quienes escribimos o hablamos —en ocasiones más de la cuenta— constituye nuestra razón de ser. Su proclama acerca del “español anónimo” que colgó la primera bandera en su balcón mueve a pensar, y mucho, que a menudo nos han enseñado, a nuestra generación ya en edad adulta, a venirnos abajo, salvo en un campo de juego que ustedes ya saben cuál es. La remontada de la vocación española, hecha visible en las calles de Barcelona sólo tres días después de la supuesta declaración de independencia y revalidada más tarde, fue como el gran zamarreón que un lejano día de Cuaresma aconsejó el abogado sevillano Manuel Toro en su pregón a los cofrades para salir del muermo, como se agita el cirio cuando acumula demasiada cera líquida para que no ahogue la llama del pabilo. A “espabilar”, en suma. En este caso, estamos asistiendo al despertar de una conciencia que parecía muerta pero, como Lázaro, sólo aguardaba las palabras justas —las de la independencia de Cataluña— para pasar a los hechos, salir a la calle y emigrar, como en el impresionante cántico de Garabaín, de la muerte a la luz.
Confieso que durante los días posteriores a la tercera tentativa histórica, también desbaratada, de secesión catalana (esperemos que a la tercera se rindan los golpistas contumaces, aunque es mucha esperanza) mi desaliento iba parejas con mi estupor. Me sentía indignado principalmente con mis gobernantes, que tras haber recibido una lección ejemplar por parte de Su Majestad el Rey, parecían hacer oídos sordos al mensaje y dejaron que los hechos consumados triunfasen. Reconozco también que a día de hoy ignoro si mi convicción de que nunca se debió haber llegado a esto y que la herramienta para evitarlo siempre fue una aplicación más temprana del 155 estaba en lo cierto o no. ¿Y si fracasa la fórmula electoral de última hora para evitar la suspensión completa de la autonomía catalana que demandaba la asonada golpista? Cada día encuentro más averiadas mis hipotéticas dotes de profeta. Aznar lo ha dejado claro: “Las cosas se pondrían peor que antes del 155”.
Pero, por mi parte, empiezo a salir de ese estado de amargura en el que me sumió el malhadado paso de los setenta parlamentarios catalanes; se disuelve poco a poco el nudo en la garganta y en el pensamiento que me tenía maniatado y vuelvo a escribir, señal siempre de que la vida sigue, como la fe en ella, y se restablece desde los también necesarios territorios del silencio. No obstante, para mí, y desde que he visto las rojigualdas lucir y ondear al aire de España me consta también que para otros muchos, éste ha sido un episodio sin precedente en nuestras vidas y que quiera Dios no se repita, porque la huella que ha dejado en millones de ciudadanos —y es que antes que eso somos personas y pertenecemos a una cosmovisión común como españoles— va a perdurar en nosotros mientras vivamos, como una sensación de vértigo extraña a nuestra manera de percibir los cosas, que nos convierte también en ajenos a nosotros mismos. Y eso, amigos, es lo más grave que, como comunidad de individuos inteligentes, nos puede suceder.

Repongámonos, sí, emborrachémonos por un día de patriotismo, para enjugar en el vino del orgullo nacional el triunfo de la razón que siempre estará con la unión —“Unión de Reinos”, gestada por los Reyes Católicos y embrión de nuestra gran nación— y por lo tanto contra la división. Tras tanto tiempo de complejos y timideces, es necesario recuperar la autoestima como españoles. Es inexcusable, después del desafío recibido, del guante estrellado (“estelado”) en nuestras caras. Y al día siguiente, como cantaba María Ostiz, a trabajar; es decir a buscar ocupación para nuestra juventud —también para ésa extraviada por los cabecillas de la revuelta— antes de que sea demasiado tarde y cumplan demasiados años. Obviamente, hablo de un trabajo digno, no del que en la actualidad predomina en el mercado español. Porque ésa es la única manera de que, gane quien gane las elecciones el día 21 de diciembre o cuando sea, un país renazca de sus peores pesadillas y conquiste un futuro hermoso para todos, repleto de oportunidades para ejercer la libertad de ser españoles.

(Publicado en las cabeceras del grupo Joly el 10/11/17)

http://www.diariodesevilla.es/opinion/tribuna/despertado-leon_0_1189681583.html

martes, 7 de noviembre de 2017

ENFOQUE AUTOMÁTICO

La gran batalla secesionista consiste, básicamente, en hacernos creer, o mejor percibir, que Cataluña es el ombligo del mundo. O sea, que estamos ante una contienda informativa. Comprendo que para mis colegas, en un tiempo de periodismo en papel y tiempo continuo y competencia desbocada, el asunto catalán —los independistas preferirían que le llamáramos “cuestión”, que viste más— acapare la atención general. Pero cuanto más tiempo dediquemos a un litigio que chocó en las paredes de lo irreductible hace más de un siglo más combustible repostaremos en los depósitos de un nacionalismo ciego por antonomasia como es cualquier movimiento antihistórico. Y los regionalismos exacerbados —todos, en potencia— lo son en grado sumo.
En términos fotográficos, podríamos hablar de “enfoque automático”. A los aficionados consumados, no digamos a los profesionales, les gusta disponer de enfoque manual, porque el “AF hace lo que quiere”. Para contrarrestar la obsesión catalana, que hoy por hoy es un problema sub iudice, podríamos hablar de muchas otras cosas de la misma o mayor entidad y que deberían preocuparnos al menos tanto como los melindres de una comunidad demasiado mimada. Como por ejemplo, la matanza en la iglesia baptista de Estados Unidos (que se une a otras muchas en una ola cuya raíz ha puesto de relieve el presidente Trump al denunciar el fracaso de las políticas progresistas en salud mental, porque las armas no se disparan solas). O la tragedia que para los españoles sigue suponiendo la muerte de trescientos inocentes no nacidos cada día. O la escalada de tensión en Corea del Norte y un radio de acción que ya alcanza al suelo norteamericano. O la subida de la luz un 12 por ciento y la inminente del petróleo tras el arresto de once miembros de la familia real saudí por orden del príncipe heredero. O la inoculación del veneno diabólico que cada Día de Todos los Santos se cuela en las alcobas de nuestros niños y adolescentes como antes lo hizo el humo de Satanás en la mismísima Iglesia Católica (Pablo VI dixit).
Pero ya que lo que nos rodea en este momento como españoles es la invasión del particularismo territorial con sesgo catalán y permanente campaña rupturista, traigo a colación el caso de Jesús, otro miembro de mi gremio que fue vencido por el cáncer de colon hace sólo unos días, sin que la enfermedad le diera tiempo de ver publicado su libro en el que vertió sus vivencias al hilo de las carreras en las que participaba. Porque Jesús, que fue periodista durante tres décadas, sentía pasión por el deporte. La historia completa la tienen en un reportaje de El confidencial. Y viene su caso a cuento de la idea que lo preside en los titulares: “Si viviera en Euskadi me habría salvado”. Donde ponemos Vascongadas podríamos escribir Navarra, La Rioja o Valencia. Lo cierto es que éstas son las únicas regiones que llevan a cabo programas de detección precoz de este tipo de cáncer. Los números los da la Asociación Española Contra el Cáncer, y son aplastantes. La prueba cuesta dos euros, y tratar a los enfermos saldría por 65 millones, cuando en la actualidad pasa de mil. ¿Por qué no se extiende este plan a toda España? Eso quisiera yo saber. A Jesús ya no le servirá, pero a los 41.000 diagnosticados anuales podría devolverles la vitalidad. Salvando las distancias, yo mismo, diabético, he de aprovisionarme de medicamentos si quiero pasar más de veinte días fuera de mi comunidad autónoma, porque la tarjeta sanitaria no sirve fuera. Antes pertenecíamos a un “Sistema Nacional de Salud”, que ya ha desaparecido de dicho documento, como si se tratara de un país diferente (Andalucía). Lo mismo sucedió con el INEM (Instituto Nacional de Empleo), el Instituto Nacional de Meteorología o el Instituto Nacional de Industria. Aún nos quedan —esperemos que, después del golpe separatista, duren mucho— Radio Nacional de España y, extrañamente, el Instituto Nacional de Estadística.

Lo cierto es que el término “nacional” ha ido desapareciendo de la nomenclatura nacional, sustituido en el mejor de los casos por “estatal”. Ya se sabe que el concepto de nación es discutido y discutible, según aquella eminencia del Derecho que estaremos pagando vitalicia y copiosamente como ex presidente del Gobierno “del Estado”. Mientras lo español se replegaba a la guarida mostrenca y burocrática del Estado, los catalanes iban ganando espacio en la institución de su “nacionalidad” (empezando, un ya lejano día, por el Museo “Nacional” de Arte). Lo peor es que el PSOE sigue en sus trece, confundiendo federalismo con liga de naciones con sus correspondientes estados, que es lo que Sánchez y compañía no se cansan de presentar como panacea, para apuntalar al PSC y recuperar sus votos perdidos.

Coda: Olvidé dos instancias que conservan, de momento, la "nacionalidad" española: Renfe y la Policía Nacional. Pero que no caigan en la cuenta los timoratos, que nos ponen Red Estatal de Ferrocarriles Españoles y Policía del Estado antes de que cante un gallo.